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¿Por qué ha quebrado Roomba? La caída del gigante de las aspiradoras robot

Un signo de los tiempos

¿Por qué ha quebrado Roomba? La caída del gigante de las aspiradoras robot

Durante dos décadas, la Roomba fue la promesa de un futuro doméstico más limpio y automático. Ahora, mientras millones de estos robots siguen funcionando, la empresa que los inventó se ha declarado en quiebra.

Viernes, 16 de Enero 2026, 10:52h

Tiempo de lectura: 5 min

Son las 00:57 del lunes 15 de diciembre en España. A esa hora, millones de Roomba descansan en sus estaciones de carga tras una jornada de trabajo. Los domingos, en los hogares españoles, son el día de zafarrancho por excelencia: sillas subidas a la mesa, migas en el suelo, puertas abiertas de par en par. A esa misma hora, pero a miles de kilómetros, cuando el reloj marca las 18:57 en la costa este de Estados Unidos, alguien firma un documento. Es el Chapter 11, un procedimiento formal estadounidense que certifica la bancarrota de iRobot.

El capítulo final de una historia exitosa a la que, sin embargo, seguirá un «continuará…», según fuentes de la propia compañía. Como parte del proceso de quiebra, iRobot será absorbida por el principal fabricante de sus componentes, Picea, la firma con sede en China.

Mientras la Roomba seguía afinando su manera de orientarse, empezaron a aparecer máquinas que hacían más cosas y más baratas

Durante mucho tiempo, el nombre de iRobot no fue especialmente popular. Lo que sí se conocía era su producto. Un disco bajo, moviéndose por el suelo del salón.

La Roomba no entró en las casas como una revolución, sino como una costumbre. Y cuando algo se convierte en costumbre deja de llevar etiqueta.

España, primer país donde Roomba fue número uno

«España es un mercado muy especial y único para nosotros», decía Colin Angle, CEO de iRobot, cuando la empresa triunfaba. Y es que nuestro país fue el primero donde Roomba se convirtió en número uno en ventas de robots aspiradores. Ahora, Angle responsabiliza de la quiebra de la empresa al tedioso proceso regulatorio que retrasó 18 meses el acuerdo con Amazon y que finalmente... Leer más

La empresa que estaba detrás de ese objeto casi invisible llevaba más de una década trabajando cuando, en 2002, dio con la tecla. Fue algo sencillo: una máquina que hacía una sola cosa y la hacía sola. Aspirar. Chocar. Girar. Seguir.

A principios de siglo, eso bastó para que la robótica abandonara los laboratorios y se colara debajo del sofá. A partir de ahí, la Roomba empezó a venderse como una maravilla doméstica: menos tiempo limpiando, más tiempo viviendo.

Fue uno de esos productos que explicaban el futuro sin necesidad de demasiadas palabras. Durante años, comprar una Roomba significaba pagar más, sí, pero también ir un paso por delante. iRobot llegó a dominar el mercado global de los robots aspiradores como pocas compañías han dominado nunca un sector emergente. Pero la innovación, cuando se queda quieta, deja de parecerlo. Y ahí empezó todo.

¿Qué pasa si tengo una Roomba y se avería?

Para los consumidores, el mensaje es tranquilizador. El servicio técnico seguirá funcionando. Las aplicaciones seguirán activas. Los robots seguirán recorriendo el suelo del salón. A corto plazo, no cambia gran cosa. A medio, probablemente sí: menos inversión, menos personalidad, productos cada vez más parecidos a los de sus rivales. La Roomba sobrevivirá como nombre. Lo demás está por verse…

El desgaste no llegó de golpe. Se fue acumulando. Otros fabricantes aprendieron a hacer lo mismo, y luego algo más. Los sensores se abarataron. La producción se aceleró. Y empezaron a aparecer máquinas que limpiaban mejor, hacían más cosas y costaban menos. Ahí empezó el verdadero problema. No tanto en los balances como en la percepción. El usuario dejó de sentir que estaba comprando lo mejor. La Roomba seguía limpiando, cumplía, pero ya no sorprendía.

La pandemia tensó una estructura que ya iba justa. Subieron los costes, la cadena de suministro se volvió frágil y el negocio dejó de crecer al ritmo que exigía una empresa cotizada. La posible compra por parte de Amazon apareció entonces como una salida casi inevitable. Un socio gigante para una marca que empezaba a encogerse.

La operación se frustró por la presión de los reguladores, la dirección cambió y la compañía entró en modo supervivencia. La empresa ha acabado en manos de quien llevaba años fabricando buena parte de sus productos. El proveedor se convirtió en acreedor. El acreedor, con el tiempo, en dueño. No hubo asalto hostil ni gran anuncio. La historia de iRobot no es solo la de una quiebra.

Es la de una creencia muy concreta: que inventar primero bastaba. Que la tecnología, por sí sola, garantizaba el futuro. El futuro, al final, no se lo quedó quien llegó antes, sino quien supo producir mejor cuando la novedad dejó de serlo.

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