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Animales de compañía

Trump es tan demócrata como nosotros

Juan Manuel de Prada

Viernes, 16 de Enero 2026, 06:17h

Tiempo de lectura: 3 min

La reciente 'intervención' de Estados Unidos en Venezuela ha desatado una comprensible oleada de indignación entre gentes cándidas (pero también entre gentes malignas que se fingen cándidas para mantener engañadas a las masas) por constituir una «violación del derecho internacional» y un «acto de fuerza injustificable» cuya finalidad última no es otra sino rapiñar las riquezas naturales del país 'intervenido'. Me gustaría analizar la naturaleza de dos conceptos –'violación del derecho', 'acto de fuerza'– que en estos días han manoseado hasta la náusea los loritos sistémicos, como si fuesen la negación misma de la democracia; cuando lo cierto es que son su alma constitutiva.

Lo que llamamos 'derecho' es conversión de los deseos del más fuerte en ley

Desde luego, Trump nos ha ofrecido una prueba apabullante de lo que Nietzsche llamaba «voluntad de poder». Puesto que existe un gobernante incómodo o levantisco que dificulta sus planes, lo depone; puesto que apetece las riquezas naturales venezolanas, las toma. Trump nos confronta con una realidad política en la que los conflictos se solucionan mediante la voluntad del más fuerte, que puede violar el derecho o ejercer la fuerza; y lo hace, además, descarnadamente, pues, aunque su cohorte se inventó la excusa del combate contra el 'narcoterrorismo' para justificar la 'intervención', lo cierto es que Trump no ha querido engañar a nadie y ha reconocido por activa y por pasiva la razón puramente material de su 'intervención', sin farfollas buenistas, sin invocaciones hipocritonas a los derechos humanos o a la democracia. A simple vista, se trata de una actitud furiosamente antidemocrática; pero lo es porque renuncia a la retórica característica de las democracias, pues en su esencia no hace sino asumir su modus operandi, llevándolo hasta el paroxismo.

En las democracias entendidas como fundamento de gobierno (o sea, en las democracias modernas) ha dejado de existir el 'derecho' como determinación de la justicia. Es decir, en las democracias no se pretende alcanzar la verdad de las cosas para dar solución a los problemas conforme a lo que la verdad de las cosas impone. En las democracias modernas el 'derecho' se ha convertido en la expresión de una voluntad de poder que se impone a través de mayorías; de este modo, la justicia queda expuesta a las conveniencias y prepotencias (a los cambios de ánimo, incluso) de quien detenta el poder de turno. Lo que hoy llamamos 'derecho' no es más que pura 'juridicidad' o positivismo, conversión de los deseos o apetitos del más fuerte en ley, instrumento de coerción para imponer la voluntad del que manda. El 'derecho' en democracia es un instrumento de poder en manos del más fuerte (quien dispone de una mayoría parlamentaria), que se ejerce sobre los más débiles (quienes están en minoría, o simplemente no tienen voz ni voto); es el 'mandato del soberano', que impone lo que le conviene. Así, en democracia, una ley puede imponer exacciones desmesuradas a una minoría de la población, ante el regocijo de la mayoría apesebrada; también puede reglamentar la vida (o la muerte) de quienes no tienen voz ni voto (así ocurre, por ejemplo, con las leyes de inmigración, o con las leyes de aborto).

Esta brutal inhumanidad se disfraza luego de farfollas retóricas; pero lo cierto es que la democracia entendida como fundamento de gobierno se funda en la ley del más fuerte, que impone su voluntad sobre el más débil. Es la pura voluntad de poder quien 'crea' o reconfigura el bien y el mal, ignorando o destruyendo un orden moral objetivo; es la pura voluntad de poder la que 'crea' o modifica la sociedad, según las reglas del constructivismo que define lo que es sexo, género o familia; es la pura voluntad de poder la que, disfrazándose de ley, 'crea' el derecho y determina la justicia. Y, para más recochineo, a esta voluntad de poder la llaman 'Estado de derecho'. Que no significa, como los ingenuos piensan, que el poder político está sometido a la ley, sino exactamente lo contrario; significa que el poder político está dotado de una capacidad demiúrgica para promulgar las leyes que benefician sus propósitos, aun los más sórdidos y utilitaristas, como se describe en el célebre verso de Juvenal: «Hoc volo, sic iubeo, sit pro ratione voluntas» ('Así lo quiero, así lo mando, sirva mi voluntad de razón'). O sea, pura concupiscencia de poder, puro acto de fuerza. En realidad, Trump es tan demócrata como cualquiera de nosotros, aunque sea un demócrata sin modales; o un demócrata tan urgente que, en lugar de 'crear' derecho a su conveniencia para 'superar' el vigente que no le conviene (como hace cualquier gobernante demócrata), se salta el derecho vigente, que es algo mucho más rápido y funcional. 

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