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Mi hermosa lavandería

Sin noticias del sentido común

Isabel Coixet

Viernes, 16 de Enero 2026, 06:18h

Tiempo de lectura: 2 min

A ver, que hace ya bastante que el sentido común, el más menospreciado de los sentidos, brilla por su ausencia... pero lo de las reacciones encontradas de los últimos días, los insultos, descalificaciones, filípicas, discursos, ha sido memorable. Publiqué en Instagram (sí, lo sé, no aprendo...) un fragmento minúsculo del presidente de los Estados Unidos diciendo que había seguido el secuestro de Maduro desde un televisor «como si fuera una superproducción de Hollywood» (textual), añadiendo tan sólo una palabra: 'Desfachatez', y, para que se hagan una idea, lo más tibio que me ha caído ha sido «podemita».

Me temo que esta operación paramilitar, como una mancha de aceite infinita, acabará salpicando a otros países y a otros gobiernos

Y da igual que digas que Chávez, Maduro y su ralea no pueden darte más asco. Que cuando Chávez ya escribiste lo que te parecía el señor (también cayeron insultos entonces, esta vez de los 'podemitas'; ¡no hay ya quien se aclare!). Que puedes entender perfectamente que muchísimas personas en Venezuela y fuera de ella celebren este secuestro como algo providencial porque están hartos del Gobierno de un sátrapa corrupto. Cuando escribí «desfachatez» refiriéndome al discurso presidencial norteamericano quería decir exactamente eso: la ausencia total de escrúpulos, de respeto, de vergüenza. «Una superproducción de Hollywood muy entretenida». Un hombre tan corrupto como Maduro, que por motivos que nada tienen que ver con el pueblo venezolano (que se la trae, si cabe, tan al pairo como su propio pueblo), organiza una operación militar porque se le ha metido entre ceja y ceja reclamar unos supuestos derechos sobre el petróleo de Venezuela pretextando hacer una cruzada antidroga (mientras perdona al expresidente de Honduras al que pillaron in fraganti con los mismos cargos).

Yo sé que no soy nadie para ponerme en el lugar del pueblo venezolano, su sentir, sus reacciones. Pero no puedo dejar de decir que me revuelve el estómago la –repito– desfachatez con que estamos volviendo a esos momentos en la historia en los que el Gobierno de Estados Unidos, en nombre de sus intereses, saltándose a la torera todos los tratados internacionales que han tardado años en establecerse, invade, secuestra, tortura y se erige en árbitro de los problemas de otros países.

Es verdad que hay otras personas que educadamente me han indicado que el petróleo, como tantas otras cosas, está ahora en manos de los chinos y que dudan de que este secuestro vaya a empeorar las cosas. La cuestión de las situaciones pesadillescas es así de trágica: cuando creemos que algo no puede empeorar, ese algo va y empeora. Sobran los ejemplos. Y me temo que esta operación paramilitar, como una mancha de aceite infinita, acabará salpicando a otros países y a otros gobiernos. Ojalá propicie la caída de Daniel Ortega y de algún otro. Pero las formas, las condenadas formas, importan; y algo que empieza como «una superproducción de Hollywood»  puede acabar como el rosario de la aurora.​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​​ 

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