Viernes, 16 de Enero 2026, 06:19h
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No podemos acercarnos al final de esta larga historia sin detenernos en un período que simbolizó, mejor que muchas otras cosas, el final de los más felices (para los que estaban arriba) siglos europeos. La cosa vino anticipada por una foto tomada durante la guerra mundial, cuando la caída de Singapur, en la que unos japos bajitos y con mala leche conducían prisioneros a unos arrogantes oficiales del todavía llamado Imperio Británico. Como un prólogo irónico, aquello anunciaba lo que vendría en la postguerra: el final del mundo colonial que durante el siglo XIX y principio del XX había enriquecido a Europa, pues las potencias continentales se vieron obligadas a despedirse de sus posesiones en África, Asia y el Caribe. No fue un acto de cesión generosa, sino que se fueron pirando a hostia limpia, con guerras de alta y baja intensidad y pajarracas políticas y sociales. Tras el desgaste bélico de la Segunda Guerra Mundial no estaba el horno para bollos: Gran Bretaña, Francia (Alemania había perdido sus colonias cuando la derrota de 1918), Holanda, Bélgica, Portugal y España estaban tiesas de recursos militares y políticos para mantener el tinglado ultramarino. Y para más delito, en las colonias aparecía gente díscola, élites locales que habían estudiado en la metrópoli (conocían bien el paño) y reclamaban lo que se suele reclamar: derechos políticos e independencia. Y además, claro, que la pasta que se llevaban los colonos explotando las materias primas se quedara en el país, en algunos casos, y en sus cuentas corrientes privadas, en otros. Muchos nuevos países cambiaron así la vieja clase colonial explotadora por una nueva clase nacional que los explotaba lo mismo; y no pocos, independientes y tal, fueron a peor, cayendo en manos de golfos y dictadores de variado tonelaje. Pero así son las cosas de la vida: cambalache, como dice el tango. Lo que interesa es señalar que en esos procesos independentistas (a menudo de todo menos pacíficos) la Organización de Naciones Unidas, ONU para los amigos, fue un elemento decisivo defendiendo la autodeterminación de la peña. También empujaron mucho en plan cabroncete, barriendo para casa, las dos poderosas potencias salidas de la guerra, Estados Unidos y la Unión Soviética, que pretendían quedarse con el pastel con una influencia neocolonial menos formal pero descarada y sin complejos, comiéndoles la oreja a los nuevos líderes y atizando bajo mano guerras y guerritas que le hicieran al otro la puñeta. El caso es que la principal potencia colonial del mundo, Inglaterra, abordó el complicado proceso con una mezcla de fronteras artificiales, hijoputez y sentido común, con muchas negociaciones y menos tiros propios (India, Pakistán, Ghana, Tanzania y Nigeria, por ejemplo). Eso no impidió que se viera envuelta en pifostios de campanillas como la insurgencia comunista en Malasia o la rebelión de los Mau-Mau en Kenia. También Holanda (Indonesia fue una guerra anticomunista seria) y Bélgica (en el Congo se organizó una literal, y digo literal, merienda de negros) tuvieron sus pajarracas gordas; pero la que más dio que hablar fue Francia, reacia a soltar lo que tenía, que defendiendo lo suyo como gato panza arriba protagonizó las dos guerras coloniales más bestias de la época. Una fue la de Indochina (1946-1954), que terminó con la derrota gabacha en Dien-Bien-Phu, su retirada de Asia y la entrada de los Estados Unidos en la zona, con posterior guerra de Vietnam y otras consecuencias (lean El americano tranquilo, de Graham Greene, que narra bien el ambiente). La otra guerra franchute (aquí pueden leer Los pretorianos, de Jean Lartèguy) fue la de Argelia, que no era considerada colonia sino parte integral del país (mi madre, que vivió unos años en Orán, siempre hablaba con naturalidad del tiempo que había pasado en Francia) y que a partir de 1954 fue un desparrame de guerrillas rurales y terrorismo urbano, bestial represión incluida, que acabó con la independencia en 1962. Así, tacita a tacita, la vieja Europa fue diciendo adiós, muchachos. Los últimos en largarse, ya en los años 70, fueron Portugal (con sucias guerras coloniales en Angola, Mozambique y Guinea-Bissau que acabaron de rebote por liquidar la dictadura que gobernaba el país) y España, que tras su retirada de Marruecos en décadas anteriores acabó por abandonar Guinea Ecuatorial de mala manera, convertida en una dictadura, y el Sáhara Occidental, más vergonzosamente todavía (Dios nunca nos condujo a los españoles por el camino de las descolonizaciones ejemplares). Portugal dejó tras de sí un montón de guerras civiles africanas, y España lo que todos sabemos. A uno y otro conflicto asistí como reportero, teniendo el curioso privilegio de presenciar el ocaso y final de aquella Europa que había dominado el mundo.
[Continuará].
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