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Viernes, 16 de Enero 2026, 10:05h
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Es 6 de noviembre de 2024. La groenlandesa Keira Kronvold entra en el hospital universitario de Thisted a punto de dar a luz. En la mano lleva una bolsa con ropa para su bebé. Poco después yace temblando en una cama. Keira no quiere dar a luz, sabe lo que va a pasar: después del parto perderá a su hija. La niña deberá vivir con una familia adoptiva danesa. Así lo ha decidido el municipio de Thisted.
Keira, de 39 años, como todos los padres en Dinamarca sobre los que existe la sospecha de que no podrán criar bien a un niño, se tuvo que someter a un test estatal de competencias. No es el único trámite, pero sí esencial en un procedimiento de protección de menores.
En el pasado, el Estado danés ya había asumido la custodia de dos de sus hijos. Pero, durante este tercer embarazo, Keira estaba decidida a que eso no volviera a ocurrir y contactó con el Ayuntamiento. Keira asegura que sus trabajadores sociales y psicólogos la presionaron para que abortara. Pero ella estaba determinada a quedarse con el bebé. Así que las autoridades la citaron de nuevo para el test. Ella preguntó por los motivos y le respondieron que querían comprobar si el pequeño podía ser «parte de la civilización». En el informe posterior se señala que Keira se esfuerza visiblemente por hacerlo todo mejor. Pero que solo se ha empapado de conocimientos sobre la maternidad a través de lecturas. Es uno de los muchos puntos que, según el expediente, juegan en su contra.
Esa noche, los médicos le inducen el parto. Una activista del entorno de Keira graba la escena. Su hija ve la luz a las 2:12. Mide 53 centímetros, pesa 3846 gramos: una niña sana con abundante pelo negro. Keira toma a su bebé en brazos. La amamanta, la acuna y la llama con el nombre de Zammi. «Era preciosa», recuerda. Dos horas después, una mujer le quita a la niña de los brazos. La escena está grabada en vídeo. Keira llora. Poco más tarde volverá a casa con su placenta en una caja, su último vínculo con Zammi. El dolor era inmenso. El Estado danés le pagó a Keira ocho horas de terapia. Todavía hoy en casa de Keira hay una cuna con un móvil de libélulas. En la cocina, un cambiador y tetinas para biberones. Todo está preparado para un bebé que nunca volvió a casa.
En la actualidad, Keira puede visitar a su hija una vez por semana durante hora y media. «Zammi ahora llama 'mamá' a su madre adoptiva», dice con el rostro petrificado. Su abogada, que representa a varias mujeres groenlandesas que han vivido situaciones similares, asegura: «En estos casos se cometieron muchos errores». Se tomaron decisiones basándose en test que han sido prohibidos. Además, durante las pruebas, Keira no contó con asistencia letrada.
En la separación de sus dos primeros hijos, Zoe y Nolan, las autoridades afirmaban que Keira «no promovía a los niños ni cognitiva ni lingüística ni socialmente» y que no era capaz de «estimularlos de modo que a largo plazo pudieran desarrollarse como seres humanos completos». La joven groenlandesa hablaba mal danés, «de modo que, por su elección de palabras, a veces parece muy ingenua y simple». Entretanto, su primogénita ya es mayor de edad y vive sola; su hijo vive con su padre.
Han pasado diez años desde entonces. Los informes periciales de 2024 dejan constancia de que Keira debe trabajar duro en sí misma para recuperar a Zammi. Debe aprender a «expresarse en danés», «relacionarse consigo misma y con los demás de manera más matizada», y ser capaz de «expresarse con una gestualidad más clara». Zammi crecerá en Dinamarca y tendrá que desenvolverse en esa sociedad.
Desde mayo 2025 se ha prohibido que los padres groenlandeses se sometan a los controvertidos test de competencias –abreviados FKU–, sobre cuya base se decidió también el caso de Keira. A pesar de la prohibición, el pasado agosto hubo protestas porque un municipio siguió aplicándolos a una madre groenlandesa, lo que demuestra que la puesta en marcha de la prohibición aún enfrenta desafíos.
Pilinguaq, de 39 años, es el caso excepcional de una madre groen-landesa que al fin ha podido volver a reunirse con su hija. Su pequeña, de 6 años, le fue devuelta hace varios meses, más de cuatro años después de haber sido puesta bajo custodia. La niña y los otros dos hijos de Pilinguaq fueron puestos bajo tutela en 2021. Entonces los otros pequeños... Leer más
Dinamarca, afirman que los test aplicados fueron concebidos desde una impronta occidental y que, bajo el paraguas de la protección del menor, se establecía una opresión colonial. De hecho, se separó a aproximadamente cinco veces más niños groenlandeses que daneses de sus padres tras la aplicación del FKU. Hay que recordar que Groenlandia estuvo bajo administración danesa como colonia hasta 1953; aún hoy forma parte del Reino de Dinamarca. Los daneses controlan la política exterior y de seguridad. Una y otra vez, groenlandeses en Dinamarca se quejan de recibir un trato racista. «Los daneses creen que somos personas inferiores», dice Keira.
Entre las madres que han sufrido está separación está Ivana Brønlund, de 18 años, que vive cerca de la capital danesa y a quien las autoridades retiraron su bebé en agosto, también directamente después del parto. Los test habrían concluido que «no es capaz de garantizar el bienestar y el desarrollo de su hijo». La familia de la mujer denunció que esas suposiciones se hicieron a la luz del conocimiento de un trauma infantil de Brønlund. El caso se solucionó ante los tribunales. Las autoridades locales admitieron un «error» y Brønlund ha recuperado a su hija.
Durante seis semanas y dos días, Ivana Nikoline Brønlund se extrajo leche con un sacaleches cada tres horas. Lo hacía sin saber si algún día podría amamantar a su hija. La pequeña le fue retirada por la fuerza tras el parto el pasado agosto. La separación se produjo después de que su municipio le practicara una evaluación de competencia parental, pese a que desde... Leer más
O el caso de Qupalu Nuku Platou, de 38 años, residente en el centro de Dinamarca. Tras un test FKU hace ocho años le quitaron a sus gemelos. Puede verlos una vez al mes y teme que la olviden. El conflicto con las autoridades danesas le ha hecho desarrollar miedo a la gente. Ya no puede trabajar en el cuidado de mayores. Ahora busca empleo en una fábrica.
Pilu Olsen (otro caso) vive de nuevo con sus tres hijos en Aalborg. Como un exnovio la acosaba, los entregó temporalmente a custodia. Las autoridades –tras un test KFU– los entregaron a tres familias adoptivas. Desde este diciembre vuelven a estar juntos. Olsen «había mejorado», dictaminaron los responsables. Tras cinco años de separación, su hija de 6 años se ha convertido, a ojos de la madre, en una niña profundamente marcada por lo danés. No habla groenlandés. Su hija le resulta extraña.
Estos test ya no se aplican a padres groenlandeses, pero continúan utilizándose con los daneses. Se dice que alrededor de una docena de mujeres huyeron con sus hijos de Dinamarca a Groenlandia antes o después del parto para evitar que se los quitaran. En el Hospital Central de Copenhague trabaja el neuropsicólogo Thomas Rune Nielsen, de 45 años, que conoce bien estos procedimientos de evaluación. «El asunto es extremadamente complicado», señala.
El test FKU es una evaluación que se pone en marcha en Dinamarca cuando hay indicios reiterados de que un niño podría no estar bien con sus padres. Además de entrevistas y observaciones, se realizan pruebas sobre el coeficiente intelectual, la capacidad de ponerse en el lugar del otro y diversos rasgos de personalidad de los progenitores. Sobre la base de esos resultados, un psicólogo redacta un informe que se envía al municipio competente. Allí, un funcionario decide cómo continúa el caso. Los test se realizan en danés, una lengua que Keira habla poco.
«Muchos de estos test no funcionan bien cuando las familias tienen otro trasfondo cultural», explica Nielsen. Según señala, ninguno fue diseñado para minorías. Puede ocurrir que a una persona se le atribuya menor inteligencia o rasgos de personalidad desviados porque no se ha tenido en cuenta su contexto. Algunas de las cuestiones no son necesariamente del conocimiento general en Groenlandia. ¿Quién es Sherlock Holmes? O ¿cómo se llama la gran escalinata de Roma? A Keira le preguntaron quién era la Madre Teresa.
También se usa el test de Rorschach, igual de cuestionable para Nielsen. Se muestran manchas de tinta a los evaluados y se les pide que las interpreten. Lo que alguien ve en ellas depende de su realidad vital. Pero la puntuación se orienta por reacciones medias europeas. Dos elfos bailando: típicamente danés. En Estados Unidos, muchos ven dos osos. Los groenlandeses suelen reconocer icebergs reflejándose en el agua. «Por alguna razón, ese reflejo se considera indicio de narcisismo», dice Nielsen. Si alguien describe «las vísceras de una foca», se valora como algo oscuro, aunque en una cultura marcada por la caza sea una asociación cercana.
Otro ejemplo del que habla Nielsen es el test reading the mind in the eyes. Se muestran pares de ojos y los evaluados deben deducir, por ejemplo, si las personas están alegres o enfadadas. Esos ojos pertenecen a rostros blancos europeos. Pero las emociones se interpretan con mayor facilidad cuando los rasgos se parecen a los del propio entorno. «Hay muchos sesgos en estas evaluaciones», concluye Nielsen.
La política groenlandesa Aaja Chemnitz, diputada en Copenhague por el partido groenlandés Inuit Ataqatigiit, no es fan de Trump. Pero sabe que el presidente estadounidense ha tenido mucho que ver con que en la capital ahora se atienda a los groenlandeses.
También la idea de lo que es una buena crianza difiere. En Groenlandia, por ejemplo, los niños aprenden por experiencia; si un niño se cae de un árbol, se dice: «Ahora sabes que no deberías trepar tan alto». Desde una perspectiva danesa, eso podría valorarse como negligencia. Además, las madres se comunican mucho con sus hijos mediante la mímica, no solo con palabras.
Los activistas groenlandeses llevan años denunciando esta práctica y su lucha ha ganado atención desde que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se interesó por la isla. Desde entonces, el Gobierno danés se muestra receptivo ante las inquietudes de la antigua colonia. Así, en septiembre, la primera ministra Mette Frederiksen se disculpó oficialmente por el hecho de que alrededor de 4500 mujeres y niñas, entre 1966 y 1970, recibieran DIU anticonceptivos contra su voluntad.
Sin embargo, los expertos dudan de la eficacia de esta revisión. El grupo de trabajo había previsto reabrir 315 casos en un año y medio. Sin embargo, hasta principios de diciembre solo habían revisado 32, y apenas en dos se reconoció que la separación se habría producido erróneamente. El nuevo grupo de trabajo, el cual revisó el caso de Keira en noviembre, describe en su informe final que ella intenta transmitir a su hija la cultura groenlandesa. Esto se problematiza. Se señala que Keira habla en groenlandés con Zammi, utiliza mímica groenlandesa, le lleva comida groenlandesa y propuso usar té groenlandés como remedio contra resfriados y hierbas para tratar eccemas. «Un enfoque que difiere del danés, donde los problemas de salud se tratan con mayor frecuencia mediante el contacto con el sistema sanitario», dice el informe. El 7 de noviembre, Zammi cumplió un año. Kronvold le ha construido un trineo, como el que de niña ella conducía en Groenlandia con los perros. Ha serrado la madera a medida, ha clavado encima una piel y ha atado un asiento tipo saco.
En un informe de la autoridad consta que, por esta labor de bricolaje, su vivienda parece desordenada.
Desde mayo, fecha en que se prohibieron estos test psicológicos para padres groenlandeses, psicólogos y otros especialistas con conocimientos de lengua y cultura groenlandesas deben participar en la reevaluación de los casos antiguos en los que se produjeron separaciones. La noticia dio esperanzas a Keira.